domingo, 13 de febrero de 2011

19. PRIMICIAS DEL YO

Mi nombre es Robert Alexander Endean Gamboa, aunque no siempre me llamé así. Hasta los seis años fui Roberto Enrique Tadeo, pero luego de una fuerte discusión entre mis padres, mi madre me cambió el nombre y mi padre se fue de casa por alrededor de seis meses.
Nací el 11 de octubre de 1962 y fui el primer hijo de mi madre y el tercero de mi padre, pues él se había casado en el estado de Quintana Roo en los años 50 y tuvo dos hijos, medio-hermanos míos que aún no conozco, pero de cuya existencia me platicó tía Frida.
Mis padres fueron Gloria Gamboa Gamboa y William John Endean. De él hablaré con más profusión en otro momento.
Crecí junto con mi hermanito William en la casa de mis abuelos maternos, en la calle 61 del centro de Mérida. Esta casa para mí ha venido a ser el modelo de lo que debe ser un hogar, un lugar tuyo donde todos los días quieres estar, donde puedes recibir a otros y en donde puedes sentir la creación fluir y ser parte de ella.
Siendo hijo de una maestra y sobrino favorito de otra -tía Elsie-, además de tener una prima muy cercana que se preparó para ser profesora -Fridita-, deduzco que tuve muchas oportunidades a mi alrededor para encauzar mi curiosidad, aunque también hubo ocasiones en que mi madre me frenó para no hacer determinadas cosas. De esta manera, las restricciones iban desde no tener permitido cambiar un tanque de gas o poner un clavo, hasta la negativa de que yo pudiera estudiar ballet, por tratarse de puras mariconerías. Sin embargo, mi madre quería que William y yo estudiáramos algún oficio manual para tenerlo como colchón en la vida, en caso de no tener otro trabajo, y por ello nos metió como aprendices de sastre, aunque eso sólo fue un gran error del que luego desistió.
Debo aclarar que desde los siete años entramos a estudiar piano, pero William decidió no seguir poco antes de cumplir los 10. Yo estudié piano por cerca de 13 años con tres maestros, y recuerdo a dos de mis mentoras con gran cariño: doña Julia Baqueiro y doña Dea Valencia.
Mi infancia y adolescencia en Mérida transcurrieron sin grandes contratiempos, quizá debido a mi carácter más bien sosegado. Estudié la primaria principalmente en dos escuelas: La "Ignacio Zaragoza", por Itzimná, y la "Benito Juárez", en la Esperanza. Cursé la secundaria en la escuela "República de México", de La Mejorada y seguí en la escuela Preparatoria No. 1 de la UDY, luego UADY. Desde la secundaria supe que quería estudiar matemáticas, y averigüe que en la universidad había una escuela, por lo que ingresé a la misma luego de terminar el bachillerato, al alborear los años 80.
En la Escuela de Matemáticas, tuve la fortuna de estar rodeado de un grupo de amigos muy entrañable y solidario. Todos fuimos impactados por el influjo de la biografía de Galois que había escrito Leopold Infeld -traducida por la Editorial Siglo XXI- y esto nos motivó a buscar maneras de salir adelante con nuestra curiosidad: Con un seminario de investigación, con la Sociedad de Alumnos, con viajes a actividades académicas en otras partes del país, y con una veintena de cosas más.
No obstante, la mera idea de que como matemático no tendría más futuro en Yucatán que ser profesor, me desalentó al grado de la depresión, que busqué resolver con un seminario de lógica con el salvadoreño doctor Marroquin, e incluso pensando en cambiar de carrera. O sea, ciertamente un profesor de matemáticas ganaba muy buen dinero, como ya lo había comprobado desde que inicié la carrera, además de que me gustaba dar clases, pero era tal la animadversión de los alumnos hacia las matemáticas que la posibilidad de enseñarles se resolvía en una lucha de titanes, a menos que uno se volviera un profesor buenazo de esos que dejan pasar a todos.
Se me presentó la oportunidad de viajar a la capital del país a estudiar con una beca. Resulta que el presidente De la Madrid arrancó en el año 1983 el Programa Nacional de Bibliotecas Públicas, y se había propuesto formar profesionales para sustentar este instrumento en los estados. Fui de los elegidos por el Gobierno de Yucatán y viaje a estudiar de 1984 a 1986 en la Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía.
Al año siguiente me casé con una guanajuatense, doña Georgina Acuña Ruiz y nos fuimos a vivir a Chilpancingo, donde trabajé como Coordinador de Bibliotecas de la Universidad Autónoma de Guerrero por dos años.
Desde 1989 vivo en la ciudad de México, en donde he tenido distintos trabajos y me he podido desarrollar profesionalmente. Estudié el doctorado en antropología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y ahora estoy haciendo el doctorado en bibliotecología y estudios de la información en la UNAM.
Durante más de 15 años trabajé en la UNAM, hasta que en agosto del año pasado renuncié a mi plaza de académico, por estar muy cansado de vivir la trágica situación de pudrición en que se encuentra la Biblioteca Nacional desde hace muchos años. Ahora trabajo como consultor independiente en temas de diseño para solucionar problemas del campo de la información.
Como todos, en la vida he tenido grandes tentaciones, descalabros y momentos que no quiero olvidar. Desde niño he tenido un problema, que antes decía que era como sentirme siempre en un auditorio sólo muy cerca de un escenario, viendo que de tras bambalinas salían unas bolitas brillantes que pasaban cerca de mí, a veces tan próximas que podía tomarlas, apenas mirarlas y dejarlas ir. Mi amigo Alejandro Herrera hace unos años me dijo que eso se llama "déficit de atención" y me recomendó buscar una medicación, pero por terquedad me he negado a hacerlo.
Siento que mi vida ha sido apasionada, pero en cierto sentido. No he vivido una relación grata con mi cuerpo, que a veces siento extraño a mí. Soy gordo, siempre lo he sido, pero antes esta idea me ataba a ciertos convencionalismos. Mi carácter es difícil y soy obsesivo, y por ello muchas personas piensan que tengo un carácter irascible, aunque también las hay que creen lo contrario y me buscan en cuanto me ven.
Me gusta mucho viajar, leer, comer bien, escuchar música y sobre todo platicar. No hay nada más sabroso que platicar o escuchar las pláticas de otros. Por eso, era fanático de estar pegado a la sobremesa que se armaba cada domingo en casa de tía Frida. Por la misma razón, me gusta tanto mi familia, pues si algo sabe hacer muy bien es platicar. Pero esta charla se ha extendido, por lo que la termino ahora y la seguiré en otro momento.

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